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De que tema va La mera chingona novela

Reseña del libro La mera chingona novela

La mera chingona novela pdfLa mera chingona novela pdf descargar gratis leer online JoyreadEl ideal de toda chica es economizar la ocasión de casarse con un buen varón, sobre todo si se le permite optar entre los cinco chicos más codiciados. Sin embargo, Elizabeth Zamora no estaba de acuerdo con esta inducción, dado que creía qué no necesitaba de ninguno cuando estando sola, era más que conveniente. Así que, no se equivoquen, Elizabeth no es la típica adolescente, puesto que a los 15 años de perduración se graduó con una doble titulación y en secreto, es una diseñadora de atavíos de novia, la accionista de automóviles de vías dato uno del orbe, una memorable compositora, y la sectora de sus inexistentes destrezas continúa… Al comienzo, los cinco chicos de la parentela Galicia se mostraban inquietos ante la repentina eclosión de esta chica proveniente del terreno, sin embargo pronto descubren que no es alguien común, y con el transcurso, las vistas despectivas de cada uno se transforman en pura admiración…Capítulo 1Esta historia comienza en las regiones del noroeste, en donde una enorme mansión cual castillo se ubicaba sobre unas extensas praderas. Tan majestuoso era que parecía ser algún tipo de palacio celestial que causaba maravilla en los rostros de cualquier persona que llegaba a presenciar su esplendor. En ese momento, se pudo escuchar la clara y melodiosa voz de una joven dama que provenía de la mansión.  —¿Qué? ¡Para nada! ¡Por ningún motivo me iré a Adesa para comprometerme!  —Eso no es decisión tuya, Elizabeth. Los Galicia y yo ya habíamos arreglado tu matrimonio hace varios años. Cada uno de los cinco hijos de la familia Galicia son caballeros estupendos, lo único que tienes que hacer es escoger al que más te guste para casarte con él; así que no te preocupes, estoy seguro de que alguno de ellos será de tu agrado.  Elizabeth Zamora se reclinó sobre el sofá mientras que su cabello ondulado colgaba detrás de su cuello; los rasgos en su rostro eran delicados y encantadores, cada parte de su cuerpo liberaba un aura que la hacía única a todos los demás. El abuelo de Elizabeth la cuidaba desde que era una niña, por lo que ella sabía que ese asunto ya estaba tallado en piedra. Después de pensar con cuidado por unos momentos, Elizabeth le contestó a su abuelo con una sonrisa llena de seriedad:  —Bien, pero primero quiero pedirte unas cuantas cosas, abuelo. Los hermanos Galicia no deben de saber quién soy. Y ya que mencionaste que cada uno de ellos son caballeros estupendos, yo debería ser capaz de irme si no me enamoro de alguno de ellos en el transcurso de un año. Para ese entonces, yo seré capaz de decidir sobre mi propio matrimonio.  El abuelo de Elizabeth, Raúl Zamora, respondió con una sonrisa:  —Estoy de acuerdo.  …   Al paso de unos cuantos días, se pudo observar a cuatro hombres con apariencia atractiva parados a la entrada de la estación de ferrocarril en Adesa. Cada uno de ellos era diferente; uno parecía ser una persona apartada y fría, mientras que otro parecía alegre e inteligente, con una personalidad vivaz. La gente que pasaba no podía dejar de verlos y, de no ser por los guardaespaldas que mantenían apartada a la multitud, muchas de esas personas ya se habrían aproximado y preguntado por sus datos para contactarlos.  Daniel Galicia, el quinto y más joven hijo de la familia Galicia, se quejó:  —Qué calor hace hoy y aun así el abuelo insistió que viniéramos los cuatro para recoger a esta niñita. ¿Qué no sabe que tenemos mejores cosas qué hacer? ¡Esto es un desperdicio de nuestro tiempo!  —Exacto y pensar que vendría en un tren. ¡Esa chica debe ser toda una pueblerina! —interrumpió el cuarto hijo de la familia Galicia, Joel Galicia, quien llevaba puesto una máscara y una gorra; él era toda una celebridad y, en los días recientes, había ganado fama como el Príncipe Encantador de cada mujer en el país.  —¡Yo creí que el abuelo estaba bromeando cuando nos dijo ayer que uno de los cinco sería elegido como prometido para alguien del campo! —el tercer hijo de la familia, Bernardo Galicia, se unió a la conversación. —Siento tanta envidia por Alexánder, se salvó de esto gracias a esa junta de la empresa que tenía que atender.  Mauricio Galicia, el segundo hijo de los Galicia, no pronunció ni una palabra, pero uno podía deducir que, a través de su rostro, él tampoco estaba muy contento con eso.  Fue en ese momento que una señorita con un vestido rojo floreado emergió por la salida de la estación de ferrocarril. Se podría decir que su forma de vestir era poco inspirador, agregado que su corte de cabello a la barbilla la hacía lucir sumamente espantosa.  Daniel le dio unas palmadas a Joel en el hombro.  —¡Mira eso! ¡No estaba enterado que la gente aún se vestía de esa manera en esta época! No puede ser, eso solo se ve en las películas. Ja, ja…  De repente, y para la gran sorpresa de los cuatro hombres, la joven señorita salió y se detuvo en frente de ellos.  —Hola, ustedes deben de ser los hermanos Galicia, ¿no es así? Soy Elizabeth Zamora.  Cada uno de los cuatro hombres parecía horrorizado; en especial Joel, quién preguntó con incredulidad:  —¿Usted es Elizabeth Zamora?  «¿Ella es la encantadora princesa de la que nos habló el abuelo?»  Pensó Joel, pues no solo venía Elizabeth mal vestida ante ellos, pero también tenía una piel oscura con varios lunares en su rostro. Si fuera poco, el labial rosado brilloso que llevaba puesto en sus labios era completamente exhaustivo de ver.  Elizabeth asintió e incluso contestó con un aspecto de admiración:  —Veo que mi abuelo no me mintió después de todo, ustedes chicos son todos unos galanes.  «Cada uno de ustedes luce muy simple. Sin importar cuán apuestos sean, ninguno me podrá llegar a los talones para encajar conmigo».  Pensó Elizabeth.  A Daniel por poco se le escapaban las palabrotas.  «Entiendo que ella venga del campo, ¡pero no debería ser tan fea por eso!»  Opinó Daniel en su cabeza.  —¿Qué le parece si mejor vuelve a casa, señorita Zamora?  —¿Eh? —Elizabeth parpadeó por la confusión.  Por fin, fue Mauricio, el vicepresidente del Grupo Galicia, quien sugirió:  —Primero hay que subirnos al auto y regresar.  Fue así como los cinco se fueron de la estación; Elizabeth y Mauricio se sentaron en la hilera de en medio del auto. Elizabeth se asomó por la ventana para luego decir con un suspiro de admiración:  —¡No puedes ser! ¡Así que así son de altos los edificios en las ciudades grandes!  Los labios de los cuatro hermanos en el auto se retorcieron ante sus palabras.  «Se comporta como una palurda nueva en la ciudad».  En ese momento, y por accidente, Elizabeth vio de reojo el reloj de muñeca que llevaba puesto Mauricio, por lo que exclamó:  —¡Vaya! ¡Qué reloj tan bonito! Te debió de haber costado por lo menos unos cuantos cientos, ¿no es así?  «¿Unos cuantos cientos? ¡El reloj de Mauricio tiene un valor de treinta millones!»  Los cuatro hombres se quedaron tan impactados con Elizabeth que esperaban que ella no tomara de agrado a alguno de ellos para ser su prometido.  El auto condujo todo el camino hacia la residencia de los Galicia y, al ver la mansión de la familia Galicia, Elizabeth mostró otra mirada de asombro.  —¡Increíble! ¡Este lugar sí que es grande! Sin embargo, al mismo tiempo que ella dijo eso, ella pensó en su cabeza:  «Esta mansión no es ni siquiera una décima del tamaño de los terrenos de mi familia».  Pero fue en ese momento que ella pudo escuchar la voz de Daniel a su lado, quien parecía que había llegado al límite de su paciencia.  —Ya es suficiente, pueblerina. Ya deja de actuar como si esta fuera la primera vez que sales al mundo, ya no lo soporto.  Ninguno de los otros tres hombres dijo algo, ya que, después de todo, ellos tampoco podían soportar el comportamiento de Elizabeth.

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