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Sinopsis de Adicto a tu boca de Manu Ponce

Reseña literaria de Adicto a tu boca de Manu Ponce

Adicto a tu boca de Manu Ponce pdfAdicto a tu boca de Manu Ponce pdf descargar gratis leer onlineAsier se instala en un pueblecito asturiano huyendo de las heridas del afecto. Una desunión emocionante ha mandado el alma del joven cirujano en estado esencial. Lejos de Madrid y de todo lo que tuviera que disfrutar con su edad anterior, su meditación es mudar el CPU. Yendo de macanudo se las han propinado todas delegaciones por lo que es virtual que tirar de su lado “malote” y acomodarse el tiempo solucione varios de sus tormentos. Lo último que Asier prórroga en esos tiempos es cordialidad, no obstante si esta llega sobre unas inacabables y perfectas pantorrillas como las de Lorena puede que la cosa cambie. Y si adicionalmente la llama que los dos derrochan está exenta de un ápice de peligro, entonces… Entonces es que a bocajarro promete. Pese a que la sede no puede ser más épica, quizá una vista furtiva, un comentario desacertado o una posición alarmante sean suficientes para que Asier comience a rayarse, ¿qué prestigio le pone a eso? Pues no es fácil de empapar, la ingenuidad. Ni él mismo sabe por dónde saldrá el sol con la criptográfica Lorena y más cuando ciertos obstáculos aparecen en su trayecto. Mientras, su interior se niega a dimitir a esa exhalación que igual acaba en deslumbrantes lumbres industriales que en una desastrosa voladura que dé al traste con su infrecuente lista, construida sobre la pedestal de un genital de lo más sensato.***Capítulo 1El verde del paisaje me recordaba que había entrado en el paraíso asturiano. Con la vista puesta en aquella frondosa vegetación que se mezclaba con los primeros rayos de sol del día, apenas vi a aquel otro coche que realizó un adelantamiento, cuando menos, un tanto peligroso.Me conozco, tengo mi carácter como cualquiera, y sé que en otro momento le habría dado la gran pitada y le hubiese dicho de todo menos bonito a su conductor y, sin embargo, me quedé perplejo, probablemente un tanto sobrepasado por los acontecimientos.Solo un nombre rondaba mi cabeza; Belén… Mi niña, mi chica, la mujer que había sido todo para mí en los últimos años. A mis treinta, apenas podía creer que Belén, que contaba con mi misma edad, me plantara de esa forma tan descarada. Y todo porque Rafa irrumpió en su vida con la fuerza de un ciclón, según me dijo. Lo que había que oír.Ya me lo comentó mi amigo Rubén, que lo suyo era ser un capullo integral para triunfar entre las chicas, por eso yo trataba de ponerme una coraza que le restara sufrimientos a mi malherido corazón. A partir de entonces, no volvería a ir de bueno, no merecía la pena, ya me había hartado de ver cómo los buenos nos quedábamos con toda la cara partida mientras que los “malotes” se llevaban el gato al agua.Conocí a Belén en el primer año de carrera. Ella era de Écija y yo de Bilbao. Ambos coincidimos estudiando Medicina en Madrid, hasta donde llegamos por distintos motivos.Recuerdo que siempre pensaba que era momento de comerme el mundo y cuando la vi… Cielos, la primera vez que la vi, descubrí lo que era enamorarme.Con Rubén lo discutí muchas veces, ya que él no consideraba posible que uno se enamorara con una sola mirada. Soy médico y, por tanto, un hombre de ciencias, lo que no es óbice para que rebatiera una y otra vez esa teoría suya, ya que de Belén me enamoré a primera vista.No puedo decir exactamente qué fue, si su sonora risa, si esos rizos pelirrojos que, rebeldes como su dueña, caían sobre sus hombros en cascada, si el verdor de sus ojos, fresco y brillante, o si ese hoyuelo que se le formaba en uno solo de sus mofletes cuando sonreía, fruto de una trastada que hizo de niña y que le dejó una pequeña marca en la cara.Lo único que puedo afirmar con certeza es que Belén se convirtió en mi Belén desde ese instante y eso que me hizo sufrir la condenada. No, yo no tuve la suerte de que ella se fijase en mí desde el principio. Se ve que ya entonces le gustaban esos otros capaces de darle mala vida en un abrir y cerrar de ojos…Fue mi constancia y el hecho de que en ningún momento cejara en mi empeño lo que me llevó a conseguirla finalmente. Para entonces ya habían pasado un par de cursos completos y Belén se había convertido, si cabía, en una mujer todavía más guapa y con unas cualidades que la convertían en la candidata perfecta para enamorar a todo hijo de vecino.Si hubiera de definirla con una sola expresión, tengo clarísimo que esa sería “una explosión de alegría”. Belén era una de esas personas que siempre son el centro de atención, una de esas que llama la atención lo pretenda o no y la eterna reina de la fiesta.Respecto a la fiesta, eso era indudable. Pese a ser buena estudiante, también era una fiestera de cuidado y siempre encontraba algún motivo para que corriera el alcohol, para que la gente bailara hasta el amanecer y hasta para hacer de celestina como ella sola, porque se le daba genial eso de crear parejas.Por todo lo que estoy diciendo, es muy probable que ya hayáis deducido que se trataba de una chica con mucho carácter y alma de líder, una de esas personas a quien todos siguen sin rechistar. Y no digamos ya yo, que me enamoré de ella hasta el tuétano.No voy a decir que durante el tiempo que estuve con ella fuera un calzonazos porque no es así, pero sí que me dejaba llevar en parte por mi chica. En el fondo, a ella le encantaba idear y a mí, que era tremendamente estudioso, me venía fenomenal que ella se encargase de planear y demás, un trabajo que me quitaba y que me permitía centrarme en mis estudios.Además, dado que la conocí siendo muy joven, Belén fue mi primera novia formal y eso hizo que muchas de las maravillas de la vida las conociera a fondo con ella. Y entre todas destaco el sexo que fue el más increíble de los descubrimientos por mi parte.Hasta Belén yo había hecho mis pinitos, si bien fue con ella con quien experimenté el sexo en estado puro, ese sexo cuyas sesiones maratonianas podían comenzar por la noche y terminar al alba, con esos primeros rayos de sol a los que me recordaron esos otros que aquel amanecer me acompañaban en mi entrada en Asturias.No es que estuviera enganchado a ella por el sexo ni mucho menos, ya que, a mí, de Belén, aunque las comparaciones sean odiosas, puedo decir eso tan típico de que me gustaban hasta los andares… Y eso que nada tenían que ver sus piernas con dos patas de jamón… O quizás algo sí, porque ella estaba jamona, nada pasada de peso, pero sí jamona y cien por cien apetecible.La primera vez que la vi desnuda la mandíbula debió descolgárseme, con esos senos abundantes que apuntaban hacia mí, como si se tratara de dos misiles. Recuerdo también la cara de panoli que se me quedó ante su visión y lo mucho que ella se rio. “Que no muerden”, esa fue la frase que me espetó y poco podía yo imaginarme entonces que quien mordía, que la verdadera leona que podía arrancarme el corazón de cuajo y de un solo bocado, era ella.Aquellos primeros años fueron tan apacibles como alocados. Quizás pueda resultar una idea contradictoria, si bien en el fondo no lo es. Para mí eran apacibles en el sentido de que todo iba sobre ruedas con mi novia, a la que consideré así desde el mismo momento en el que accedió a salir conmigo. Y alocados en el sentido de que con ella todo era fiesta loca y diversión.Los años fueron pasando y yo me sentía cada vez más enamorado de ella. Incluso solía pedirle matrimonio futuro a menudo. Es decir, que igual no me estoy explicando nada bien, cada pocos meses le pedía que en el futuro se casase conmigo, a lo que ella siempre respondía con una risa nerviosa, que yo confundía con otra ilusionada, y con unos besos que zanjaban el tema.Para mí, su reacción equivalía a un “sí” categórico y eso me hacía tan feliz que no necesitaba nada más. Yo me imaginaba nuestro primer destino juntos, fuera del bullicioso Madrid, al que nunca terminé de adaptarme demasiado bien.Que quede claro que no tengo nada en contra de Madrid, la cual me parece una ciudad preciosa y llena de oportunidades, es solo que a mí tantas prisas y algarabía me estresan, se ve que soy un hombre más tranquilo.Por todo ello, yo soñaba con otro destino, si bien, a la par que yo me seguía enamorando más y más de ella, Belén se enamoraba también de aquella jungla urbana en la que siempre descubría más y más posibilidades de diversión.No quiero que parezca, por la forma en la que lo estoy contando, que ella solo vivía para la fiesta porque, como ya he dicho, era buena estudiante. Simplemente, el tiempo que le quedaba libre sí que lo dedicaba a pasárselo bomba y a arrastrarme con ella.Quizás le di el primer toque de atención cuando estudiábamos el MIR, porque eso ya eran palabras mayores y necesitábamos máxima concentración para hacer realidad nuestros sueños.Su respuesta, tildándome de “muermo” no se hizo esperar y yo traté de enmendar la plana explicándole que no era eso, que yo me apuntaba a un bombardeo con ella, pero que primero era la obligación y luego la devoción.Belén es que tenía una de esas cabezas que no necesitan estrujarse demasiado la sesera para lograr sus objetivos, de modo que había de estudiar menos horas que yo. Vale, mis resultados eran mejores, con notas más altas, pero a cambio de estar mucho más tiempo que ella hincando codos.Finalmente, ambos llegamos a la meta y yo me hice pediatra mientras que ella optó por ser médico de familia.Nuestros primeros destinos cayeron allí mismo, en Madrid, en sendos pueblos. Mientras que yo fui a parar a Collado de Villalba, ella pasaba consulta en Alcalá de Henares, por lo que me propuso seguir viviendo en Madrid capital que, más o menos, nos quedaba a medio camino a cada uno.No le faltaba razón en lo que decía respecto al kilometraje, si bien el motivo principal de querer continuar allí es que en ningún lugar como en Madrid capital podía ella encontrar posibilidades para salir y pasárselo teta, como suele decirse.Si algo vi de ella a ese respecto, es que llegamos a casi la treintena sin que nada de aquello hubiese cambiado. Lo que en principio era una petición de matrimonio futura se convirtió un buen día en una real con anillo y todo.La emoción me embargaba durante aquella cena en uno de los mejores restaurantes de la capital. Yo le había dicho que teníamos algo que celebrar y Belén, que también era la reina del postureo, se había puesto preciosa. Era una tarde de otoño y antes insistió en que fuéramos a hacerse unas fotos en la pasarela de cristal del hotel RIU Plaza España.No sé si aquel día sus cabellos pelirrojos brillaron más que ningún otro o si fueron mis ojos los que brillaban y por eso lo veía así. Después nos fuimos a cenar y tras mi petición, ella murmuró un “es un anillo precioso y claro que sí, amor, algún día”.Para mí volvió a ser un sí, aunque de sobra me daba la inteligencia para entender que no un sí inmediato, sino un sí que quedaba en el aire y que sería o no sería, el tiempo habría de dictar sentencia al respecto.Y la dictó, la dictó, porque unos meses después yo comencé a notarla rara. En sus palabras, era solamente el estrés del trabajo, algo que me escamó porque mi novia, a decir verdad, era un poco pasota y no se estresaba por nada, tampoco por sus pacientes.Mi reacción no fue otra que, ciego como estaba, dedicarme a mimarla mucho más de lo debido, dejando mi vida definitivamente de lado para volcarme en las atenciones que le prestaba. Tal afán por hacerla feliz terminó por pasarme factura, sobre todo porque no conseguía grandes logros y dejaba muchas de mis cosas regadas por el camino.Pese a todo, yo seguía dándole más y más, no tomando conciencia en ningún momento de que aquella situación tenía más de tóxica que de ninguna otra cosa. Intoxicado como estaba y locamente enamorado, no las vi venir, por lo que me quedé como quien se tragó el cazo, una expresión que escuché en cierta ocasión, cuando estuvimos de vacaciones en Cádiz, y que me resultó de lo más elocuente.Pues bien, no quiero enrollarme más y os llevo directos al final de ese cuento en el que ya no seríamos felices y, si queríamos comer perdices, lo haríamos por separado.Todo se desencadenó en una noche de sábado en la que Belén se empeñó en salir sola con sus amigas. No soy ningún machista ni he nacido siglos atrás, pero ya tenía la mosca detrás de la oreja porque llevaba haciéndolo varios sábados seguidos.No voy a ponerme medallas ni a decir lo que no es, ya que no vi crecer la hierba ni nada que se le pareciese, simplemente pensé que su afán por salir con sus amigas era demasiado.Debí, harto como estaba de la situación, de soltarle alguna frase que no fuera demasiado afortunada respecto a esas amigas suyas, muchas de las cuales eran nuevas, a lo que ella me vino con un…—A mí tú no me vas a coartar la libertad. Además, que estaba pensando cuándo decírtelo para que no formaras un número, pero que ya no puedo más. No voy a salir con mis amigas, sino con Rafa, mi jefe.Las piernas no me sostuvieron en un momento en el que solo acerté a preguntarle…—¿Estás liada con él?—Pues sí—me contestó—. Y cuidadito con formar ningún escándalo, que todavía tienes mucho que perder en esta historia…Con una amenaza por su parte, con una asquerosa amenaza acabó todo… Belén me amenazó con llamar a la policía solo por querer decirle lo que pensaba en un instante en el que la venda se me cayó de golpe.Es muy duro descubrir de repente que la persona a la que amas no es realmente quien tú creías que era, es durísimo… Tanto, que el corazón también se te vuelve duro, duro y frío como el mármol.Capítulo 2Llegué a aquel pueblecito cercano a Oviedo en cuyo consultorio trabajaría a partir de ese momento.Después de lo de Belén, decidí poner pies en polvorosa y marcharme de Madrid. Opté por un lugar tranquilo en el norte. Al fin y al cabo, yo era un hombre de allí, del norte, si bien no me pareció una buena idea volver a mi tierra, sino a otra en la que explorar nuevas opciones y en la que encontrarme a mí mismo sin interferencias familiares.Aquel pueblecito con encanto, del que yo había leído bastante en los días previos a mi llegada, me pareció el lugar ideal para empezar de cero. No hacía mucho que Belén, con su sal y su pimienta, me había dejado un libro suyo, una bonita novela romántica de una autora a la que ella solía seguir y que se titulaba “Nunca es tarde para empezar de cero”.Me bajé del coche porque reconocí la casita, que era una auténtica preciosidad en piedra y con una valla de madera que delimitaba su jardín.Después de los precios de Madrid, donde pagábamos más de mil euros por un piso de dos dormitorios en alquiler, el de aquella casita me pareció jauja y opté por ella en cuanto la vi en la página de la inmobiliaria a la que le consulté.Lorena, la agente inmobiliaria, no tardó en poner rumbo hacia allí cuando le hice la llamada telefónica.Cuando llegó, también en coche, lo primero que vi bajarse fueron sus largas piernas, y ya después vino su corta falda y aquella camisa con escote en pico que tan bien le sentaba a una chica que era tremendamente atractiva.Como comercial, tampoco debía tener precio, pues empezó a darle a la alpargata en cuanto se me presentó con un par de besos de lo más familiares, ya que se trataba de una persona cercana y con la que yo había mantenido varias conversaciones telefónicas.—Así que ya estás aquí, Asier, no te vas a arrepentir. La casa es una auténtica monería, no suelen quedarse vacías las de este tipo. Es solo que la pareja que la habitaba ha sido trasladada por trabajo y han tenido que ponerla en alquiler, sobre todo para que no entrasen ocupas. Imagínate la que podrían liar…Sin duda que sería una pena que aquella bonita propiedad resultase ocupada porque me la encontré en las mejores condiciones. La casa en cuestión tenía todo lo que yo podía desear, sobre todo en mis nuevas circunstancias, sin pareja y sin hijos a la vista. Cielos, con lo que yo había deseado tener un par de criaturas a la imagen y semejanza de Belén, con unas cabelleras rizadas y pelirrojas que recordaran a Merida, la preciosa prota de la peli de Disney “Indomable”.De momento, me había quedado compuesto y sin novia, y también sin futuros hijos, así que opté por aquella preciosidad que me gustó más todavía cuando Lorena abrió la puerta.La primera planta estaba compuesta por amplísimo salón que incluía una pequeña zona de despacho, cocina abierta y cuarto de baño, que era la única estancia privada. Para acceder a mi dormitorio se subían unas escaleras que llevaban hasta él, también con cantidad de espacio y con un techo abuhardillado que era un sueño para mí.—Me gusta mucho, Lorena, de veras que has hecho un gran trabajo…—Me alegra escuchar eso. Lo único que falla es la caldera, tengo que enviarte a un técnico, lo haré en cuanto tenga uno disponible. Tampoco es que falle todo el rato, no temas, solo que de vez en cuando te da un susto y te quedas sin agua caliente, cada equis veces que te duches, ya te digo.—O sea que se me pueden quedar los pelos como escarpias, ¿no?—Eso es y da gracias que no es invierno o se te quedaría aquello que apenas podrías encontrártelo—me soltó y me quedé helado sin necesidad de ducharme.La espontaneidad de Lorena era evidente y no es que se cortara la muchacha, ni mucho menos se cortó. Todo lo contrario, me miró con cara de pilla y siguió hablándome de otras cuestiones domésticas como si tal cosa.Un rato después se marchó, dándome de nuevo dos sonoros besos y amenazando con volver. Tuve la sensación de que le había caído bien y a mí ella me cayó de lujo, algo que me venía sensacional porque, aunque allí no hubiese la misma jarana que en Madrid, nada más lejos de mi pensamiento que hacerme un ermitaño como el “Probe Migue”, que a mí salir a tomar algo claro que me gustaba.Me quedé mirando mi casa, una vez solo, y concluí que me encantaba, que allí pensaba estar “tan a gustito” como aquel famoso matador de toros en cierta boda de alcurnia en su día.Y tan a gustito deshice las maletas pensando que ese día comenzaba una nueva vida en la que tenía que remontar, pues el pasado, pasado está. Eso lo pensaba en mis momentos más optimistas, luego me daba el bajón y el dolor de corazón lo ocupaba todo.Capítulo 3Amanecí con los primeros rayos de sol. Creo no haber comentado que mi dormitorio contaba con una preciosa terraza que daba al jardín; todo un lujo.Me desperecé, miré a mi alrededor y esbocé una leve sonrisa; primera prueba superada, había logrado dormir del tirón en mi nueva casa sin despertarme pensando en Belén.Bajé a prepararme un café. Los antiguos propietarios habían tenido a bien dejarme una hermosa cafetera de cápsulas en la cocina y ese fue un detalle que les agradecí en el alma, porque yo no era persona hasta que me enchufaba la primera taza de café del día.Bajé con la idea de que era viernes y que podría aprovechar para hacer alguna ruta de senderismo en los días que me separaban del lunes, primero en el que trabajaría, cuando vi a Lorena entrar por mi jardín.En aquel pequeño pueblo, todo hay que decirlo, apenas había medidas de seguridad, por lo que tan solo tuvo que abrir el pestillo para encontrarse dentro de mi propiedad. Ese segundo día venía con unos vaqueros que le hacían un tipo de infarto y con su media melena rubia al aire, con sus gafas de sol a modo de diadema.Antes siquiera de tocar el timbre, me vio a través de la ventana de la cocina.—Menos mal que estás despierto porque venía a avisarte de que el técnico estará aquí en un rato. Por cierto, huele a café que alimenta…—Puso sus brazos en el poyete y enmarcó con ellos graciosamente su cabeza.—¿Quieres una taza? —le ofrecí.—De tazas es que tengo yo varios juegos en mi casa, chaval, yo lo que quiero es un café.Le sonreí porque era ingeniosa y fui a abrirle la puerta.—Entre usted, señorita…—Te lo agradezco y oye, ¿no tendrás una tirita por ahí? Me duelen estos zapatos una cosa mala.—Ya, ya, que digo yo que lo que te dolerán serán los pies y no los zapatos—Le devolví la de la taza.—Pues mira, sí, pero no veas las ampollas que me han hecho.—Mujer, ¿es que cómo se te ocurre llevar esos tacones de buena mañana para trabajar? Con eso te harás polvo los pies.—¿Tú no has escuchado eso de que “antes muerta que sencilla”? Pues eso es justo lo que me pasa a mí, ¿tienes las tiritas?—Soy pediatra, ¿tú qué crees?—Ay, yo qué sé, puedes ser pediatra, pero pasarte lo de que “en casa del herrero, cuchara de palo” y no tener nada de nada.

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