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De que tema va AMAR A MI ENEMIGO de Kate L. Morgan

El argumento del libro AMAR A MI ENEMIGO de Kate L. Morgan :

AMAR A MI ENEMIGO de Kate L. Morgan pdfAMAR A MI ENEMIGO de Kate L. Morgan pdf descargar gratis leer onlineCian Dankworth es infiltrada de la recompensa inglesa, y macho de familiaridad del rey Jorge. Está decidido a delegar su grado, empero antiguamente de mando hacerlo, deberá verificar una última apostolada: zarpar a las Tierras Altas para impedir y sancionar a un explorador del ejército britano que tiene la loriga de uno de los nobles con más rendimiento de la embarazo. Una ocasión en Escocia, y de manera accidental, conocerá a la ama más bien parecida, impulsiva, y seductora de todas, sin embargo Karen Campbell odia con toda su sentimentalismo a los anglosajones, y, él, es uno de ellos.PRÓLOGOCulloden, Tierras Altas, abril de 1746La atrocidad cometida por el ejército inglés liderado por el príncipe Guillermo Augusto, había sido aplastante para los jacobitas. Tras la batalla, la crueldad británica le valió a su general el apodo de «Cumberland el Carnicero». Casi tres cuartas partes del ejército jacobita estaba formado por clanes de las Highlands, mientras el otro cuarto procedía de las Lowlands. La mayoría de los escoceses eran católicos, pero más de un tercio era de confesión epicospaliana. Por el contrario, el ejército británico bajo el mando del duque constaba de tres regimientos a caballo y doce batallones a pie.Durante la primera media hora de la batalla, la artillería británica, superior en técnica y en número, se dedicó a machacar las líneas jacobitas prácticamente a placer. En poco más de sesenta minutos, el carnicero Cumberland había cosechado una victoria aplastante. Cerca de mil doscientos cincuenta jacobitas habían muerto, y una cantidad similar yacían heridos en el campo de batalla. Quinientos cincuenta y ocho fueron hechos prisioneros. Por el contrario, las fuerzas de Cumberland habían sufrido cincuenta y dos bajas, y doscientos cincuenta y nueve heridos.Tras la victoria, Cumberland ordenó a sus hombres la ejecución inmediata de todos los heridos y prisioneros.Los crímenes sobre los jacobitas llenaron las marismas de muerte. Los cuerpos sin vida, pero todavía calientes, cubrían con un manto rojo los campos vestidos de musgo. La sangre, oscura y espesa, tintaban las rocas con un mosaico de formas espectrales en un recordatorio que perduraría en el tiempo.Tras la cruel batalla se respetó la vida de los prisioneros de más alto rango, pero fueron juzgados y ejecutados posteriormente en Invernes.CAPÍTULO 1Karen Campbell tenía que encontrarse con Tennan y McFadyen en Garvamore y contarles que su hermano Angus había muerto a manos del oficial inglés más sanguinario de todos. Tennan y McFadyen se encargaban de llevar los mensajes de los líderes que quedaban vivos a los diferentes clanes esparcidos a lo largo y ancho del territorio. Esquivar el férreo control de Inglaterra no resultaba fácil, pero los escoceses conocían muy bien sus tierras, y también al enemigo.De nuevo, un sollozo áspero y gutural ascendió de su pecho a la garganta y salió por la boca.Su asesinato había sido de una forma brutal, y el dolor resultaba tan insoportable, que trató de apoyar la mano en un tronco para tratar de sostenerse, pero cayó al suelo abatida. La sensación aflictiva de su corazón era insoportable. Había caminado por inercia, con una voluntad desconocida porque lo que realmente deseaba era estar muerta como él.Karen siguió sollozando de forma desconsolada, sin apartar la atención de las piedras sobre las que estaba sentada en su tormento silencioso. Llevaba caminado sin tregua algo más de diez millas, y las dos noches sin dormir la habían dejado sin fuerzas y al borde del agotamiento físico, pero tenía que mantenerse alerta ante cualquier eventualidadQuedaban en tierra escocesa demasiados ingleses.Respiró profundamente para contener el valor dentro de su cuerpo.De pronto, el ruido de un galope desenfrenado y los gritos de un hombre tratando de detener la montura, lograron que se pusiera lívida y que apretara el pequeño bolso de viaje que sostenía en sus manos, hasta el punto que se le pusieron los nudillos blancos.Corrió para esconderse. El corazón se le aceleró de forma peligrosa, pero razonó que no había posibilidad de que el jinete la viera.La montura se había desbocado y se dirigía hacia el muro de piedras del camino. Tras el muro había un pequeño barranco. La altura no era mucha, pero si el jinete no lograba frenar al caballo, los dos se matarían.Karen lo vio todo de forma lenta. El caballo pasó a su lado frenético, y el jinete no pudo obligarlo a tomar la curva hacia la derecha, ni tampoco pudo hacerlo saltar, por eso ambos se estamparon contra el muro de piedra y cayeron tras las piedras.Karen dudó solo un instante antes de dirigirse con urgencia hacia el lugar, y cuando llegó a la ladera en descenso que bajaba hasta el río, vio al jinete y al caballo tirados en el pasto. Trató de ver, desde una distancia prudente, si el jinete seguía con vida, pero no pudo.Inspiró profundamente, y dejó el bolso de viaje que sujetaba al resguardo de unos matorrales. Descender por el muro hasta el accidentado no resultó fácil.El caballo no se movía, y el jinete  había sido lanzado de la montura a una distancia importante. Ella se acercó al hombre, y le pareció muerto, pero tenía que cerciorarse y rápido. Se inclinó sobre el cuerpo, y con dedos helados tocó su garganta encontró, estaba vivo. Observó con atención el recio cuerpo tratando de valorar alguna posible herida, pero la ausencia de sangre en su ropa indicaba que se encontraba ileso. Karen se debatió en un problema acuciante, ella no podría cargarlo y llevarlo a rastras hacia la granja que se encontraba no muy lejos del lugar donde había ocurrido el accidente. Sopesó la posibilidad de regresar sobres sus pasos y tratar de buscar ayuda: calculó que dispondría de unas horas antes de que oscureciera.Estaba tan concentrada pensando, que no percibió el movimiento, ni la mano que se alzó para sujetarla de la nuca. Al sentir el contacto inesperado, un grito salió de su garganta y rasgó el silencio de la tarde. Trastabilló hacia atrás por inercia, pero la fuerte mano hizo presión sobre su cabeza y la mantuvo quieta. Miró asustada el rostro que la observaba con profunda sorpresa. Ambas bocas estaban tan cerca que podían intercambiar los alientos que exhalaban.Karen tragó saliva varias veces tratando de controlar el nerviosismo, pero antes de poder pronunciar palabra, el hombre se le adelantó.—Me he caído del caballo —dijo en voz baja.Karen parpadeó sorprendida. No se había caído del caballo, ambos se habían estrellado.—¿Puede moverse? —le preguntó.El forastero, de ropajes caros y elegantes, hizo evaluación de sus miembros, y comenzó a moverse muy lentamente.—¿Dónde estoy? —la grave voz le hizo sentir inexplicablemente nerviosa.Percibía la desorientación de sus movimientos y su marcado acento.—Muy cerca de Kilfinnan —respondió con un hilo de voz.El hombre se movió de nuevo, y, al hacerlo, su boca se crispó en una mueca de dolor que no escapó al escrutinio de ella.—¿Está herido? —le preguntó realmente preocupada.—Me temo que sí.Carraspeó varias veces porque deseaba irse, pero el hombre estaba herido y ella no podía abandonarlo. Le hablaba en gaélico pero con acento, y dudó porque sabía que no era de las Tierras Altas, ¿quizás de las islas del sur?—Necesito su ayuda —le dijo él.—¿Puede caminar? —el hombre hizo un gesto afirmativo.Levantarse le costó un mundo porque el golpe había sido fuerte.—¿Huye de los ingleses? —la pregunta era obvia—. Porque andan por todos lados. Muévase despacio —lo instó con apremio, y el hombre pudo apreciar en su voz cierto desdén.Tenía claro que si ella sospechaba que él era inglés, no lo ayudaría, y estaba en terreno desconocido y rodeado de escoceses que no dudarían en matarlo. Sabía que tenía que esconder su verdadera identidad, y por eso le ofreció una verdad a medias. Cian Michael Dankworth, duque de Glastonbury, había tomado una decisión irreversible.El forastero se reincorporó del todo, y ella se sintió muy pequeña.—Permítame que me presente —le dijo de pronto con una mirada seria, a ella le pareció la de un hombre acostumbrado a dar órdenes —. Soy Cian Kilkenny.Se presentó con el apellido de soltera de su madre que era irlandesa.—¿Kilkenny? —le preguntó ella.—De Ormond, Irlanda.—¿Huía de los ingleses? —volvió a preguntarle.Cian optó por asentir con la cabeza. Tras la presentación le tendió la mano. La joven la aceptó con timidez.—Me alegro de que no sea inglés porque los odio con toda mi alma.—Créame que el sentimiento es mutuo —le dijo Cian sin ser del todo falso porque él también detestaba a algunos ingleses.—Yo soy Karen Campbell —le correspondió—. Y, ahora, por favor, suélteme la mano —le pidió con voz firme.Cian parpadeó varias veces sorprendido porque seguía reteniéndola entre las suyas. Ni se había dado cuenta.—Lo lamento —se disculpó todavía atónito porque no había pretendido ofenderla, pero cuando contempló que el ceño de ella se contraía de cautela, se preocupó, e hizo lo que le pedía.Karen soltó el aire que estaba conteniendo.—Ahora, dese prisa —lo apremió.Cian, con cuidado, se giró hacia la montura y miró el hermoso semental. Era su caballo preferido, y se había desbocado al asustarse por un simple ratón de campo que se había cruzado en el camino. Tenía las dos patas delanteras rotas, y una herida que sangraba profusamente en uno de sus cuartos traseros. Si él no hubiera salido despedido y rondando, seguramente estaría tan mal herido como el caballo.Karen miraba los movimientos del forastero con atención. Era un hombre grande, fornido, y de tez clara. Debía medir casi dos metros. A pesar de su altura y de sus hombros anchos, no parecía torpe Tenía el cabello negro y los ojos grises: casi parecían plata bruñida.—No puedo salvarte.Escuchó que le decía al semental herido.—Debemos irnos —repitió nuevamente, pero antes de darse la vuelta, lo miró directamente con decisión—. Es solo un caballo —le dijo de pronto.Cian la miró un segundo.—Baky, que así se llama el caballo, es un puro semental. Costó una fortuna, y está herido—respondió con un tono demasiado serio que la pilló por sorpresa—. Y no puedo salvarlo —repitió.El forastero se movía con elegancia, y su forma de hablar mostraba que había sido educado en un buen colegio, quizás en el extranjero.—Lo crie yo mismo, y me destroza que sufra.Ella no conocía nada sobre finos y caros sementales, salvo los caballos de tiro que se usaban en las granjas, así que guardó silencio.Cian miró a la mujer pelirroja con inusitada atención. Un minuto después rebuscó en el interior de su bolso de viaje y sacó un arma. Soltó el bolso de viaje muy cerca de ella, y caminó hacia el animal. Cargó la pistola con una bala de plomo, y disparó.Cian no volvió a decir nada más. Se limitó a seguir a la mujer misteriosa que lo precedía en la marcha con una urgencia que le hizo entrecerrar los ojos de forma suspicaz. Cada vez que se movía, escuchaba un suave tintineo que lo desconcertó. Karen se había acercado a unos arbustos para recoger un pequeño bolso de viaje que cargó sin pronunciar una palabra. Lo miró atentamente, y le hizo un gesto para que se adelantara hasta posicionarse a su lado.—Llevaré su valija —le ofreció galante, pero la mujer apretó todavía más a su cadera la pequeña bolsa de viaje, y le hizo un gesto negativo con la cabeza. Su contenido era muy valioso, era lo único que le quedaba en la vida.Él, la complació. Aunque el dolor de su hombro era intenso, podría cargar sin dificultad con el bolso de viaje de ella, pero desistió para no molestarla. Cian se dedicó a observar, con inusitada atención, a la mujer misteriosa que mantenía la vista clavada en el horizonte.Las huellas del llanto eran visibles en su rostro, así como los ojos enrojecidos. Su ímpetu decidido le había provocado una sacudida inexplicable dentro de su ser cuando se inclinó sobre su cuerpo para comprobar si estaba vivo. El accidente lo había dejado inconsciente durante unos minutos, y cuando al fin despertó, se encontró con la muchacha más fascinante de todas. Su altruismo al ayudarlo en ese paraje desconocido y peligroso, le había causado una honda impresión, porque era un completo desconocido para ella.Cian optó por quitarse la capa y los guantes con la mano que podía mover con facilidad, pero cuando hizo amago de quitarse también la levita, ella le puso la mano en el pecho para impedírselo. Había estado completamente atenta a todos sus movimientos.—¡No se quite ninguna prenda más! —exclamó con un brillo de precaución en sus pupilas—. Siente calor porque tiene algo de fiebre, pero si se enfría, será peor.Cian comprendió, y le ofreció a cambio una sonrisa genuina de agradecimiento. La muchacha estaba en todo.Karen clavó la mirada en el rostro que resultaba tremendamente atractivo. Lo miró fijamente en un escrutinio descarado y lleno de interés. El moreno cabello estaba desordenado, y los profundos ojos grises no contenían el horror que la necesidad impregnaba en el alma. Cian Kilkenny seguía teniendo en el rostro el espíritu inquebrantable de la pureza, y ese detalle hizo que se sintiera terriblemente atraída hacia él: como si fuera una tabla de salvación que flota y se mantiene lejos del náufrago en una tormenta.Karen desechó la idea y se reprendió así misma. El horror sufrido le había dejado una sensación de pérdida absoluta, y por ese motivo sentía el desamparo y la amargura que experimentaba en ese preciso momento.—Necesitaré su ayuda —dijo el hombre de pronto.Nunca había escuchado a nadie hablar tan bien.—¿Mi ayuda? —repitió Karen sin comprender, pero sin parar sus pasos rápidos en su marcha hacia la granja.Sentía la urgente necesidad de poner la máxima distancia entre los ingleses y ella.—Su ayuda para recolocarme el brazo —concluyó Cian.Ella hizo un gesto que parecía más una mueca escéptica que una aceptación de sus palabras.—Se lo colocaré cuando estemos lo suficientemente alejados y seguros. ¿Podrá aguantar hasta entonces? —Cian hizo un gesto afirmativo.—¿Hacia dónde nos dirigimos? —la pregunta de él había sido formulada con verdadero interés.—Hacia Catlodge. No está lejos. Allí podremos guarecernos por esta noche —Cian se mantenía atento a las palabras de ella—. Es una granja que se suele utilizar como refugio para montañeses —Karen calló un momento para tomar aire antes de continuar—. El tiempo en las Tierras Altas suele ser impredecible.Cian supo por instinto que la mujer ocultaba detalles sobre su vida que tenía que averiguar con urgencia, porque su interés por ella crecía por momentos.Tras varias horas de marcha, y ya muy cerca del anochecer, lograron llegar a Catlodge, pero contrariamente a lo que él había supuesto, Karen lo condujo directamente hacia los establos. Antes de abrir al enorme portón, miró hacia la casa, e hizo un gesto afirmativo. Cian siguió el recorrido de los ojos de ella, y se percató que la cortina de la cocina se había movido ligeramente, indudablemente estaba habitada, pero se abstuvo de hacer preguntas. La muchacha se dirigió con paso firme hacia el fondo. Las cuadras eran espaciosas y estaban alineadas con divisiones de madera entre los pesebres y un enrejado sobre ellos.—Ayúdeme —le ordenó con voz candente.Entre los dos lograron mover los aperos de labranza, y lo desplazaron unos metros. Karen retiró la paja seca que cubría el suelo de madera, y al hacerlo, la trampilla cerrada quedó al descubierto. Él soltó la bolsa de viaje que llevaba colgada al hombro, y la ayudó a levantar la gruesa puerta de madera. Unas escaleras se abrieron ante él que giró su rostro para mirarla con atención.—Es un lugar seguro —le dijo con convicción—. Sobre todo cuando hay grandes tormentas de nieve.Cian miró con curiosidad que la paja seguía adherida a la madera como si fuera parte de ella. Karen comenzó a bajar con cuidado, él la siguió con precaución. Cuando dejó caer la trampilla sobre su cabeza, la oscuridad los envolvió a ambos, pero ella conocía el interior muy bien. Buscó dentro de un arcón unas velas gruesas que se apresuró a encender y a colocar en varios puntos de la habitación. La suave luz amarilla inundó la estancia que olía a madera y forraje enmohecido. El interior del refugio era amplio aunque estaba mal ventilado, pero no resultaba excesivamente desagradable. Aunque era la primera vez que estaba encerrado bajo tierra, y la sensación no le gustó en absoluto.Cian observó la estancia más detenidamente. El interior estaba equipado con una pequeña mesa y dos sillas, un camastro de recias patas de madera que estaba arrimado a una de las paredes de tierra, además de una estantería que contenía algunos enseres viejos.—Siéntese— le ordenó ella con voz firme—, y quítese la levita.Avanzó dos pasos hasta sentarse en una de las sillas y se quitó la chaqueta no sin cierta dificultad al sacarla por el brazo derecho. Karen se acercó a él y verificó que el brazo no estuviera roto.—Tendrá que ayudarme para colocar el brazo en su sitio.Cian asintió. Entre ambos lograron encajar el hueso en su sitio, y el alivio que sintió desde el hombro hasta la muñeca fue inmediato.El sonido del tintineo lo sorprendió de nuevo.—¿Dónde aprendió a recolocar huesos? —le preguntó lleno de curiosidad al mismo tiempo que hacía una rotación completa del hombro para comprobar que todo estaba bien, pero ella había hecho un trabajo impecable, como si no fuese la primera vez colocaba un hombro de nuevo en su sitio.—Estoy acostumbrada —respondió de forma cauta.Las cejas de él se alzaron con un interrogante. Cian sentía unos enormes deseos de saber más cosas sobre ella, pero la muchacha se mantenía a una distancia prudente, como una gata desconfiada.—Gracias —le dijo agradecido—. El dolor comenzaba a ser insoportablemente agudo —le explicó sin un asomo de vergüenza por admitir semejante debilidad.A ella le encantaba escucharlo porque nunca había tratado con alguien tan educado.—Prepararé un poco de té —se ofreció.Cian se mantuvo en silencio. La observó mientras llenaba con agua un pequeño utensilio que estaba algo desconchando en el borde. La tinaja de barro que contenía el agua, estaba situada al lado de una pequeña estufa de leña. Un momento después, ambos escucharon el ruido de los aperos de labranza cuando fueron colocados de nuevo justo encima de ellos. Cian no hizo ninguna pregunta porque conocía la respuesta: los habitantes de la casa habían dejado el escondite de nuevo intacto, pero sin la posibilidad de que pudieran salir.—La verdad es que me apetece un poco de té caliente —comentó de pasada.—Sí —la mujer le respondió sin mirarlo—. Suele reconfortar.Había sacado un paquete de té y otro de azúcar del interior de una olla de hierro.Cian seguía sumamente atento la explicación de ella. Karen Campbell le parecía un enigma. Trató de calcular su edad, pero le resultó imposible. Tenía el cabello recogido en un moño bajo. La amplia falda de vuelo la tenía algo arrugada, y el corpiño se veía descosido en algunos puntos, pero se abstuvo de hacer cualquier comentario referente a su atuendo. Después de unos momentos de completo silencio, el aroma a té inundó la diminuta estancia, y llenó sus fosas nasales que se dilataron de placer al inhalar el olor conocido.—Puedo ofrecerle unas pastas de mantequilla —le dijo Cian con una sonrisa cuando ella depositó una taza que humeaba frente a él.Las pupilas de ella brillaron con nostalgia. Hacía mucho tiempo que no degustaba pastas, y el ofrecimiento le pareció un regalo. Cian se levantó para buscar en su bolsa de viaje que había dejado al pie de la escalera, justamente en el último escalón. Hurgó en su interior hasta dar con la caja de cartón. Sacó un par y las dejó encima de la mesa. Las manos de Karen se apresuraron a coger una y a partirla para metérsela en la boca, unos segundos después, y de forma muy femenina aunque no premeditada, comenzó a deshacer el dulce entre el paladar y la lengua en suaves pasadas que le produjeron a Cian unas inesperadas cosquillas en la base del estómago. Tragó saliva con cierta dificultad cuando la vio lamerse los labios para seguir saboreando el resto de migajas que se habían quedado adheridas a ellos de forma lenta y pausada, como si quisiera prolongar el sabor.«¡Deliciosas!». Se dijo Karen, y cuando abrió de nuevo los ojos, comprobó que el forastero no pestañeaba. Lo miró con cierta culpabilidad porque era plenamente consciente que él no se había perdido detalle de su degustación, y por ese motivo el rubor comenzó a subirle desde el vientre hasta el cuello.Cian inspiró profundamente. La mujer le parecía adorable. «¿Por qué motivo sentía la urgente necesidad de besar sus labios? Porque sabrían a galleta», se dijo con humor.—Lo lamento —se disculpó ella—, hace mucho tiempo que no comía algo tan rico.El forastero no podía hacerse ni una idea, de las necesidades que los soldados ingleses les habían pasar a los escoceses. Saqueaban cada granja y casa que encontraran a su paso.Cian le acercó la caja empezada para que siguiera comiendo. Karen no lo pensó, tomó dos más, pero en esta ocasión fue mucho más comedida al deshacerlas. Las manos de él sacaron una botella de coñac, y otra de miel.

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